¿Es Navarra una nación?
      es un artículo del historiador Mikel Sorauren publicado en GARA el 11 de octubre de 1999 que clarifica que Euskal Herria es el nombre en euskara del Estado navarro, del Reino de Pamplona, nombre primero del Estado vasco. Sorauren subraya que el hecho humano y cultural vasco es el único en toda la Península y costa atlántica hasta la desembocadura del Garona, que presenta una continuidad desde el Paleolítico superior.


      ¿Es Navarra una nación?

      Mikel Sorauren * Historiador

      El hecho en sí de que se plantee la cuestión que va por enunciado de este escrito, trae a la superficie una preocupación que agita a nuestra colectividad al respecto, colectividad que se percibe diferenciada de otras entidades humanas que se consideran nación. Bien es cierto que tal percepción aparece confusa, porque los avatares históricos han llevado a Navarra, entidad política que se configuró mediante la organización de un Estado, a quedar sometida a otro Estado ajeno a ella que pretende reducirla a una parte constitutiva del mismo.

      La percepción de Navarra por parte de quienes se consideran navarros es confusa. Todos afirman la especifidad, pero la dirigen a un referente distinto y encontrado. Navarra es para unos una región española, irrenunciable y con personalidad inasimilable, para otros una parte de Euskal Herria y, finalmente, con un planteamiento más coherente, es la expresión política de esa Euskal Herria a través de la Historia; Estado que han destruido los otros dos que se han repartido su territorio: España y Francia.

      Intentar demostrar lo que aquí se afirma es tarea difícil; no por la falta de argumentos históricos, sino por las convicciones previas y estructuras mentales, a las que ha dado forma en muchas in- dividualidades la educación. La historiografía española tradicional no ve a España como consecuencia de avatares casuales, auténticas carambolas históricas, sino que pretende que es el resultado de un magma de realidades humanas y físicas a las que ha dado forma el paso del tiempo, hasta alcanzar la incontrovertible realidad actual. Por desgracia esta concepción de la Historia, de viejo manual, conserva sus partidarios. Los relatos de conquistas y derrotas, tal y como las ven los autores de las antiguas crónicas, inclinados a ensalzar las hazañas de sus protagonistas y con una intencionalidad reivindicadora muy tendenciosa, ocultan la realidad humana y política de los territorios a los que se refieren.

      Por lo que a Euskal Herria toca, todavía hay quien otorga veracidad a las crónicas de visigodos y asturianos, cuando éstas se refieren a los vascos. Las mismas han sido puestas en evidencia en su pretenciosa dominación de los vascones por la crítica moderna. Basarse en esta documentación a la hora de reconstruir la Historia de Navarra denota ingenuidad de principiante. Por lo demás, el hecho humano y cultural vasco es el único en toda la Península y costa atlántica hasta la desembocadura del Garona, que presenta una continuidad desde el Paleolítico superior. Realidad humana e histórica esta de la que dejan constancia las propias crónicas visigodas y asturianas, al igual que las francas y las cordobesas. Todas ellas hacen incontestable la realidad política de los vascos, a quienes esas mismas crónicas se obstinan en negar.

      El hecho es que el conjunto de los territorios que constituyen Euskal Herria, si se exceptúan los que quedaron bajo dominio musulmán, cuando hacen acto de presencia en la documentación de manera diáfana, forman parte del Reino de Pamplona, nombre primero del Estado vasco. Cualquier pretensión de dominio de territorios vascos por parte de asturianos, incluso por el conde de Castilla, se encuentra envuelto en la oscuridad de confusas noticias, que parecen reflejar en mayor medida aspiraciones que realidades. A Sancho el Mayor se le califica por parte de cronistas cordobeses como señor de los vascos. La realidad humana de este territorio constituye el factor decisivo de su desarrollo histórico. Vascones, vascos, vascongados..., son expresiones que se refieren a una única realidad que se resiste a ser reducida a elucubraciones eruditas, porque ante todo reflejan lo incontestable de esa misma realidad, cultural, social y mucho más, que siente la necesidad de crear su propia organización política, su Estado. Este buscará salvaguardar precisamente esas características que entidades políticas ajenas pretenden hacer suyas.

      Navarra es ese Estado, esa nación. La realidad humana que se da en torno al Pirineo desde la Prehistoria ha podido llegar a nuestros días porque ha sido salvaguardada por tal Estado. Al contrario, la entidad de los territorios circundantes, semejantes en origen, ha quedado diluida como consecuencia de la actuación de las entidades estatales que se impusieron en los mismos desde el inicio. Navarra no surge como resultado de la desagregación feudal que afecta a los Estados creados por los germanos en el Occidente europeo, sino por la dinámica que lleva a la sociedad vasca a defender la libertad propia.

      Se argüirá que Navarra fracasó en este intento. En cierta medida, sí. España y Francia desgajaron el territorio en diferentes fases; conquista de los territorios occidentales, conquista de la denominada alta Navarra, incorporación forzosa de Iparralde... A pesar de todo, los diversos territorios seguirán conservando parcelas de soberanía originaria que no está el conservarlas en la mente de los conquistadores. Estos llegarán a anular esos residuos o reducirlos a la mínima expresión, representados hoy por las competencias en materia fiscal que el Estado español se ve obligado a reconocer a las instituciones actuales del país.

      A este estado de cosas se ha llegado mediante la imposición violenta de los estados dominadores; primero a través de la fuerza militar, luego por la violencia política. En ningún caso puede hablarse de voluntad de integración por parte de los vascos; por el contrario, la resistencia ha ocasionado un conflicto permanente que ha alcanzado los tiempos actuales. En un afán por ignorar esta realidad, se intenta desviar la atención de la cuestión principal, como es el hecho indiscutible de la existencia de una nación vasca, a la que ha dado forma Navarra, entendida ésta en su auténtica dimensión, muy diferente de la Navarra residual, provincia española. Se discute la unidad histórica vasca, o el rechazo de la dominación española. Son todos fuegos de artificio ante lo incontrovertible de la resistencia. El denominado «conflicto vasco» no tiene otra causa que la persistencia de los estados español y francés en mantener su dominación sobre otro Estado, el vasco, que jamás ha renunciado a serlo.

      Con estas bases es posible afrontar en las coordenadas correctas la cuestión de la nacionalidad Navarra. Para que se dé el hecho nacional se hacen precisas una serie de condiciones de tipo humano, cultural y territorial que permitan la configuración de un Estado. Estas son unas condiciones históricas, en las que aparece de un modo permanente la conciencia colectiva de que se cuenta con una especifidad nacional diferenciada, con independencia de que las circunstancias históricas hayan ocasionado la pérdida de esa independencia de manera temporal. El hecho nacional ha de ir aparejado necesariamente con la exigencia de un Estado que formalice la soberanía. En el caso de Navarra se dan históricamente todas estas circunstancias. La reclamación de Navarra como nación no puede concluir en el sometimiento a otro Estado, ni en la aceptación de su ley fundamental, por ejemplo, la Constitución española. Esto es más cierto, si se tiene en cuenta que España es el agente fundamental que en mayor medida ha contribuido a destruir la territorialidad e instituciones de Navarra. Estas no podrán ser reconstruidas sino cuando dejen de ejercer presión sobre ellas los estados español y francés, permitiendo dar vuelta al proceso histórico por el que se ha llegado a la anulación del Estado vasco.

      Algunos, en un afán de encontrar una solución al conflicto que les convulsiona, porque pretenden que la provincia de Navarra tenga la más alta consideración dentro del Estado de las autonomías, pero sin ningún proyecto que rebase los límites de éste, reclaman para Navarra la condición de «Nación». Los tales no tienen en cuenta que la Constitución española no reconoce sino las nacionalidades, término conceptualmente hablando equivalente a las regiones tradicionales. La consideración de un territorio del Estado español como nacionalidad o región no dependerá nunca del territorio mismo, sino del carácter de la Constitución española del momento. Hoy Navarra podrá ser una nacionalidad, ayer fue una provincia. Afirmar que Navarra es una nación y aceptar la Constitución española, aunque sea la del 78, constituye una incoherencia. Afirmar que la Historia de Navarra pone de relieve que ésta es una nación y «demostrar» que es España, es una frivolidad. *

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